Cinco lugares imprescindibles de Lanzarote
Un paisaje moldeado por seis años de erupciones en los años treinta del siglo XVIII, y los viñedos y miradores construidos encima.

Lanzarote no se parece a ningún otro sitio del archipiélago, y el motivo es un único episodio de seis años. Entre 1730 y 1736 una serie de erupciones cubrió alrededor de un tercio de la isla de lava y ceniza, destruyó veintiséis pueblos y enterró parte de sus mejores tierras de cultivo.
Lo que quedó de aquello es un paisaje en el que la gente cultiva y vive, no uno que se visita. Estos cinco sitios lo enseñan, aunque otros lo harían igual de bien.
1. Timanfaya
El parque nacional levantado sobre las coladas de 1730, y el trayecto más extraño de la isla. Se entra en guagua desde el centro de visitantes, por una ruta entre la lava que los coches particulares no pueden hacer, y eso es lo que mantiene el terreno intacto.
Unos metros por debajo, la temperatura del suelo sigue siendo lo bastante alta como para que las demostraciones del centro de visitantes sean térmicas de verdad y no un truco. La roca corta y el ecosistema que crece sobre ella son líquenes delicados que tardan décadas en asentarse, y por eso no se sale uno de la ruta.
2. La Geria
La zona vinícola, y el mejor argumento de que Lanzarote es una isla que trabaja y no un museo.
Las vides se plantan en hoyos excavados en la ceniza, cada uno protegido del viento por un murete de piedra en media luna. La ceniza retiene la poca humedad que hay. Es una técnica que nació de la necesidad después de las erupciones, y da malvasía en un sitio donde casi no llueve.
Hay varias bodegas abiertas. Merece la pena parar en una y mirar el suelo.
3. Los Jameos del Agua
Parte de un tubo volcánico del norte, dejado por una erupción del volcán de la Corona y adaptado por César Manrique como sala de conciertos, restaurante y jardín.
Dentro del tubo hay un lago con un cangrejito ciego y albino que no existe en ningún otro sitio. No tires monedas al agua, cosa que la gente hace, porque le hace daño a los animales.
La obra de Manrique está por toda la isla y este es el ejemplo más claro de su idea: construir dentro del paisaje y no encima de él.
4. El Mirador del Río
Un mirador excavado en el acantilado del extremo norte, mirando al estrecho y a La Graciosa. Desde fuera es casi invisible, que era la intención.
La vista es la mejor respuesta corta del archipiélago a por qué merece la pena venir a estas islas: un canal verde, una isla baja y arenosa, y unos 400 m de caída bajo tus pies.
5. Papagayo
Un conjunto de calas resguardadas en la punta sur, dentro del espacio protegido de Los Ajaches. Tranquilas, de agua clara, y lo más parecido a una playa de postal que tiene Lanzarote.
El camino de entrada es de tierra y hay que pagar para acceder al espacio protegido. En algunas calas hay poca sombra y prácticamente ningún servicio, así que lleva lo que necesites y vuélvetelo a llevar.
Notas prácticas
Lanzarote es seca. Casi no hay agua superficial natural, el sol pega fuerte y el viento es constante, y las tres cosas juntas pillan a mucha gente: te quemas sin llegar a notar calor.
Los malpaíses cortan lo suficiente como para hacerte una herida y destrozarte el calzado, y el liquen que crece encima tiene décadas. Salirse de las rutas marcadas os daña a los dos.
Casi todo lo que hace interesante a esta isla es el resultado de que la gente se adaptara a un desastre. Merece la pena tenerlo presente mientras se mira.


